Antes de entrar deja fuera tu rabia y tu ira. Bienvenido a este bosque encantado, un lugar donde podemos dar rienda suelta a ese niño que todos llevamos dentro, tienes mi permiso para dejarlo salir y que haga locuras. Sumérgete en este mundo mágico de las hadas y los duendes y vuelve pronto, te esperaré agitando mis alas.

SE REUNIÓ EL CONSEJO

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domingo, 23 de julio de 2017

Tamboril y el Gitano


Una tarde, el caballo Tamboril viajaba rumbo a su nuevo hogar. Andrés y Maite Vegas acababan de comprarlo y lo llevaban a los establos que tenían en Cañameras.

La caja en que iba encerrado empezó a balancearse peligrosamente y Andrés tuvo que detenerse al borde del camino..Cuando abrió la puerta para tranquilizarlo, Tamboril dio un salto y salió al galope, perdiéndose en la oscuridad.

Maite quiso ir tras él, pero Andrés le dijo:-No podremos encontrarlo ahora. Volveremos mañana.
Se fueron y dejaron al caballo perdido en la noche.


Al principio. Tamboril sólo pensaba en huir lo más lejos posible de la caja, y corrió como un rayo por la carretera. Luego aflojó el paso y empezó a trotar. Se sentía solo, tenía miedo y echaba de menos el establo caliente. Buscó refugio junto a un seto y se echó a dormir.

Aún estaba allí cuando Pepe Heredia pasó rumbo a la escuela al día siguiente. Pepe era un gitanillo que tenía el cabello negro y rizado y unos ojos negros muy brillantes. Lo que más le gustaba en el mundo eran los caballos. Su padre ya no se dedicaba a criarlos, pero Pepe llevaba en la sangre un gran amor por estos animales.

-Quieto, quieto -susurró, acariciando a Tamboril- Vamos a ser buenos amigos.

El caballito sintió que estaba a salvo con el niño. Pero tenía mucho frío.

-Pobrecito -dijo Pepe- Será mejor que te lleve a casa, a ver a la abuela.

Y echó a andar, llevándose a Tamboril con él.

El campamento gitano se encontraba muy cerca de la carretera principal. Estaba lleno de coches y camiones en mal estado, y entre ellos sobresalía, como una flor brillante, un carro de madera pintada. Pepe se acercó a la puerta y la golpeó con los nudillos. Abrió su abuela.

-¿Qué traes ahí? -preguntó, al ver al caballo.

-Lo encontré junto al camino. Tiene mucho frío y se me ocurrió que tú podías ayudarlo.

Ella volvió a entrar en el carro y regresó con una botella de medicina que olía rematadamente mal.

-Es una receta mía.

Le dio un poco al animal, que sintió como un fuego le calentaba las entrañas, y lo hizo acostarse en un montón de trapos, cubriéndolo con mantas viejas.

-No tardará mucho en sentirse bien -dijo la vieja gitana.

Pepe se sentó junto a Tamboril para ver cómo se recuperaba.

Mientras lo acariciaba, apareció su padre.

-¿Qué hace aquí este caballo? -gritó- Llévatelo en seguida. Sabes muy bien que está prohibido robar caballos.

-No lo robé, lo encontré en el camino.

-Si es así, deberías llevarlo a la comisaría. Los policías sabrán qué -Ya puedes olvidarte de eso -le recomendó su padre-. Aquí no hay sitio para caballos.

Tras decirle esto, se marchó.

-¡Pepe! -gritó su abuela desde la puerta del carro-. ¡Ven aquí! Tengo que enseñarte una cosa.

Sacó un paquete de un viejo baúl y, desenvolviéndolo lentamente, le mostró la brida más bonita que jamás había visto.

-Era de tu bisabuelo, de mi padre -le explicó-. Tenía cuarenta caballos, y esta brida era la de su preferido. Cuídala bien, ¿me oyes? Trátala como se merece y te traerá suerte.

Pepe estaba tan emocionado que no sabía cómo darle las gracias. Salió y le colocó la brida a Tamboril.

-¡Vaya, te va perfecta! -suspiró-. Pero esta tarde ya no estarás conmigo…

Tamboril se dio cuenta de que había llegado el momento de marcharse. Se puso en pie, Pepe lo montó y se alejaron del campamento a medio galope. Con el gitanillo montado en su lomo, Tamboril estaba dispuesto a ir a cualquier parte.

Había un atajo que atravesaba los campos de brezos, en dirección a la comisaría. Tamboril se animó y comenzó a galopar. Pepe pesaba menos que una pluma. Monte arriba, se dirigieron hacia un muro de piedras muy bajo. A Tamboril le encantaba saltar; acortó el paso y se dispuso a pasar sobre el muro.

-¡Arriba! -gritó Pepe.

Al otro lado del muro había una cantera inundada. Tamboril se asustó. Al caer, el suelo cedió bajo sus patas y comenzó a resbalar hacia el agua. Pepe pudo saltar, pero Tamboril cayó al agua fangosa con gran estrépito.

“¡Seguro que se ahogará!”, pensó. “¡El agua es tan profunda!”

Pero Tamboril logró llegar a una roca que había en la orilla.

Pepe se arrastró por el borde de la cantera hasta poder agarrar la brida de Tamboril.

-Calma, calma, pequeño -susurro-Quédate quieto. Todo va bien. Pronto vendrán a ayudarnos.

Se equivocaba. Nadie los ayudó. Estuvo allí sentado durante muchas horas, sosteniendo la cabeza del caballito. Pepe gritó y gritó, hasta perder la voz, pero nadie oyó sus llamadas de auxilio.

Comenzaba a hacerse de noche cuando oyó ladrar a un perro y vio en la lejanía a un labrador que, seguramente, era su dueño.

El perro se acercó corriendo.

-Busca a tu amo. ¡Busca, busca! -le suplicó Pepe. En seguida comprendió la tragedia y con ladridos lastimeros llamó al labrador, que se acercó presuroso.

-Te sacaremos de ahí, ten confianza -gritó el hombre.

A la media hora vieron un helicóptero sobre sus cabezas. Primero bajaron a un tripulante con unas cuerdas especiales; Pepe le ayudó a sujetar a Tamboril con ellas.

El asombrado caballo no podía comprender qué sucedía. Intentó no perder de vista a su amiguito. ¿Iban a llevárselo a él, abandonando allí a Pepe? Subió y subió, hasta que lo dejaron a buena distancia de la cantera. Pepe no esperó al helicóptero, sino que se apresuró a escalar la cantera para asegurarse de que Tamboril estaba a salvo.

Una vez en casa del labrador, Pepe tomó una taza de leche con galletas y Tamboril una deliciosa masa de salvado.

La policía, y Andrés y Maite Vegas, tras buscar al caballo afanosamente, lo encontraron sano y salvo allí.

-Lo llevaba a la comisaría cuando nos caímos en la cantera -les contó Pepe.

-Se llama Tamboril -explicó

Maite- Ven a verle cuando quieras.

Así pues, Pepe se pasó todos los fines de semana y las vacaciones trabajando en los establos de Cañameras. Muchos chicos montaban Tamboril, pero sólo llevaba la brida gitana cuando lo montaba Pepe.

lunes, 19 de junio de 2017

La soberbia del árbol (Cuento tibetano)


Hace muchísimos años que en la cumbre más alta del Himalaya se levantaba un árbol gigantesco, de extraordinaria frondosidad, a cuya sombra iban a cobijarse todos los habitantes de aquellas apartadas regiones.

Y ocurrió que cierto día, un santo monje budista llamado Shinram, extenuado por el calor y la fatiga de una larga caminata, fue a sentarse a la sombra acogedora del gran árbol. Y el bonzo no pudo por menos que dirigir al espléndido vegetal palabras de agradecimiento y admiración.

Es evidente – le dijo – que debes gozar de la protección de algún poderoso dios, puesto que ni el huracán ni las ventiscas – que tan violentas son en el Tibet – han podido desbaratar tu magnifica melena, ni abatir tu soberbio tronco en el curso de los siglos. ¿Es acaso el mismo dios del Viento quien te protege?

¡Ni mucho menos! – contesto el árbol con altivez, sacudiendo sus frondas con un ruido semejante al trueno -. Por ese lado te engañas, anciano. Nunca me ha protegido ninguna divinidad, y menos aún el maligno Viento, que no tiene amigos ni perdona a nadie.

Entonces…- dijo el monje.

Lo que sucede – interrumpió el árbol – es que nadie ni nada puede contra mí, por fuerte y poderoso que sea. Cuando el viento se desata furioso y arrolla con su ímpetu a los demás árboles, se detiene como agotado ante mí potencia y se retira, mudo y temeroso, deseando en su corazón que yo no me encolerice contra él y le castigue severamente.

Tales palabras, llenas de soberbia y de necia jactancia, indignaron al bueno de Shinram, sabido es que los tibetanos adoran los lagos, los montes, los bosques, el sol, y diversos fenómenos como manifestaciones de su dios.

También aquel monje, al igual que otros muchos bonzos budistas, creía que el dios creador de todo lo existente se unió con otro del sexo femenino, y de su unión salieron los hombres primitivos, o pequeños dioses, y la Tierra.

Es decir, que Shinram, creía que el Cielo y la Tierra venían a ser como seres de distinto sexo; el Cielo, masculino, tenía como principio fecundante el Sol, el cual emitía los gérmenes de reproducción en los “fecundísimos senos de la Luna” la cual los enviaba a la Tierra, ser femenino.

Los coreanos, en cambio, creen descender de una vaca que vivía en las playas marítimas, aunque las clases nobles, en su orgullo, se han denominado siempre hijos del Sol.

Mirando fijamente al soberbio árbol, el monje budista exclamó con acento indignado: – ¿No te da vergüenza?, ¿Cómo te atreves, miserable vegetal, a emplear ese acento lleno de desprecio para uno de los dioses más poderosos, que es el terror del universo?

Y poniéndose de pie, decidió a abandonar aquellos lugares, añadió: – me voy de aquí aunque cansado y deseoso de sombra y de frescura, no puedo detenerme ni un minuto más a hablar con un ser tan indigno y necio como tú.

Acto seguido marchándose indignado, apoyándose en su grueso cayado y murmurando palabras de enojo contra el soberbio árbol, se alejó..

Pero aún no había desaparecido en la lontananza, cuando el cielo se oscureció, la tierra se puso a temblar y presentándose el Viento en persona y con un espantoso silbido, agitando amenazadoramente sobre el árbol sus potentes brazos hechos de nubes.

Cuando el árbol vio al poderoso dios junto a él, se estremeció hasta sus más profundas raíces y en su fuero interno deseó no haber pronunciado jamás aquellas insensatas palabras.

¿Qué tal arbolito? – aulló el Viento -. ¡Así que yo no soy bastante potente para ti! ¡Ja, Ja!

Y al reír todos los árboles del bosque se doblegaron aterrorizados hasta el suelo. El Viento prosiguió diciendo, malhumorado: – ¡muy bien! ¡De manera que te tengo miedo! ¿No sabes que si yo quisiera te derribaría en un instante como el más pequeño de los arbustos? Si ahora te he perdonado la vida, ingrato, y te he conservado intacto durante siglos, es porque en la noche de los tiempos, cuando el mundo era todavía en gran parte un caos, el dios Brahma, cansado del trabajo de la creación del mundo, vino a reposar a tu sombra. ¿No lo sabias, acaso? – No, no lo sabía – acertó a murmurar el árbol. – Y ha sido precisamente en memoria de aquel hecho – agrego el Viento -, por lo que te he concedido la vida hasta hoy. Pero tú me has insultado, me has ultrajado, y por eso mereces el castigo más atroz. Pero no lo aplicaré ahora, sino mañana.

¡Perdón! – suplico el árbol -. ¡Te prometo no volver a hacerlo!

Pero el Viento, sin hacer caso de tal suplica, prosiguió con tono amenazador: – quiero castigarte a la luz del sol para que todos puedan ver como el Viento trata a los ingratos y soberbios. ¡Hasta mañana!

Y tras haber lanzado un último silbido que abatió a los arboles de la selva y heló a las fieras en el fondo de sus guaridas, desapareció tan rápidamente como había venido.

Poco después vino la noche y el silencio y las tinieblas envolvieron al mundo. Todas las plantas se adormecieron rendidas y temerosas. ¡Solo el árbol del Himalaya velaba en su angustia! Y, acongojado, decía para sí: “¡Con que gusto me desdeciría de cuanto he dicho al monje budista y me retractaría de todo! ¡Ahora quien sabe lo que me espera! Probablemente seré arrancado de cuajo, hecho pedazos y triturado; mi tronco y mis ramas serán esparcidas por la selva, marchitos y secos, y solo serán útiles para arder en una hoguera. ¡Después de tantos siglos de vida y reinado, seré borrado de la faz de la Tierra…!”

Pero a medida que iba meditando en estas cosas, se le ocurrió que tal vez existía un remedio heroico, una última esperanza de sobrevivir: resistiendo la furia del Viento.

Si – murmuro el árbol -, despojado de todas mis ramas y de todas mis hojas, podre resistir mejor los embates de mi enemigo.

Y así los hizo seguidamente. En un momento se despojó de todas las ramas, se arrancó hasta la última hoja, y las primeras horas del alba encontraron, en el lugar del árbol magnifico, señor de la selva y rey de todos los bosques, un miserable tronco, mutilado y desnudo.

Unos momentos después se presentó el Viento, como había prometido. Venía lleno de cólera y deseoso de vengarse. Pero entonces ocurrió algo curioso, sorprendente.

Cuando el dios estuvo junto al árbol y lo vio sin hojas y con las ramas y las flores esparcidas por el suelo, su cólera se desvaneció instantáneamente y comenzó a reír con una risa primero breve y queda, luego fuerte y sonora, que invadió toda la tierra y la sacudió hasta sus cimientos.

¡Por fin una vez recobrado el aliento, dijo con ironía: – En verdad que no te conozco, árbol soberbio! El castigo que tú mismo te has infringido ha sido mucho más atroz que el que yo habría podido aplicarte con toda la fuerza de mi cólera. Ahora eres un espectáculo realmente grotesco, porque todos se reirán de ti: los animales y las plantas, los hombres y también los dioses. ¿Qué mayor venganza contra un soberbio y necio como tú? ¡Ja, Ja!

Y profiriendo sonoras carcajadas regresó a la áurea morada de los dioses, dejando al árbol triste y humillado.

domingo, 7 de mayo de 2017

Entre cisnes y loros

CISNES
En occidente, símbolo de pureza y perfección, a imagen del blanco inmaculado de su plumaje, fue inspiración de poetas, filósofos y psicoanalistas. Sin emabrgo, si bien este ave estaba cargada de sentido en la mente de aquellos hombres, sorprendía y estimulaba su imaginación, parece ser que, de nuevo, fueron los pueblos de Asia los que le atribuyeron los símbolos más hermosos: prudencia,
coraje, nobleza, elegancia, belleza y, por supuesto, pureza. Fue también su belleza la que le valió convertirse en uno de los atributos de Apolo, o ser escogido por el mismo Zeus, quien tomó su apariencia para seducir a Leda. Finalmente, es de destacar que su grito fue a la vez considerado un canto de amor y un canto de muerte y que ''La muerte del cisne'' (coreografía compuesta sobre el andante del Carnaval de los animales de Camille Saint-Saëns e interpretada por vez primera por la bailarina estrella rusa Anna Pavlova en San Petersburgo, en 1907) es todavía una de las creaciones más hermosas del ballet del siglo XX


LOROS
De las personas que no paran de hablar se dice que ''hablan como cotorras''. Al mismo tiempo, los estudiantes que memorizan sus lecciones de principio a fin, sin impregnarse de veras de la sustancia y conocimiento de las mismas, se han ganado a pulso la fama de ''recitar como loros'', a pesar de que
ninguna de estas aves
está capacitada para reproducir íntegramente la lista de los reyes godos o la tabla periódica de los elementos. Por otra parte, sino se cesa de afirmar que el perro es ''el mejor amigo del hombre'', tampoco hay que olvidar que el loro (sobre todo la cacatúa) fue el más pintoresco compañero de los piratas y bucaneros que surcaron los mares en los siglos XVII y XVIII. Aquellos forajidos de la marinería habían encontrado en el pico duro y ganchudo de los loros un parentesco biológico con el garfio que cubría sus muñones

lunes, 27 de marzo de 2017

La Ninfa Eco y Narciso


Eco es una de las ninfas del bosque, y es la que da origen al sonido que conocemos como eco.

Eco es protagonista de varias leyendas. Por ejemplo, existe una en la que aparece como la amada de Pan (dios de pastores y rebaños), pero ella no corresponde a ese amor sino que sufre por el desprecio de un fauno al que ama de verdad. Pan, movido por los celos decide vengarse, y hace que ella se desgarre por unos pastores. Su llanto se relaciona con el eco.

La diosa Hera había castigado a Eco, y le impedía hablar. La ninfa solo podía repetir la última palabra que pronunciara su interlucotor. Esto se debió a que Eco cubría a Zeus sus infelidades hacia Hera, y la entretenía con elocuentes conversaciones, mientras el dios de dioses se divertía con sus amantes.

En la versión más conocida del mito de Eco, ella se enamora perdidamente de Narciso de quien el adivino Tiresias predijo, en su nacimiento, que tendría un larga vida si no se contemplaba a sí mismo. Este joven era muy hermoso pero despreciaba el amor de todos.

La pobre ninfa no fue la excepción y Narciso despreció su corazón cuando la vio en el bosque y ella no fue capaz de responderle más que sus propias palabras. Entonces, ella desolada, ofendida se encerró en un lugar solitario y allí dejó de comer y de cuidarse. Así se fue consumiendo poco a poco, y el dolor la fue absorbiendo hasta que desapareció y se desintegró en el aire, quedando sólo su voz que repetía las últimas palabras de cualquiera. Esta voz es lo que llamamos eco.

Debido a esto los dioses se molestaron y todas las demás mujeres rechazadas oraron a los dioses por venganza. Némesis (la venganza) las escuchó e hizo que Narciso contemplara su propia imagen. Cuando el joven lo hizo, se enamoró de su propia belleza y ya no le importó nada más que su imagen.

Se quedó contemplándose en el estanque y se dejó morir, totalmente indiferente al resto del mundo. Dicen que aún en el Estigio (el mar de la tierra de los muertos), Narciso continúa admirándose.

En el lugar del lago donde Narciso se miraba, nació la primera flor que lleva su nombre.

viernes, 3 de marzo de 2017

El Mar Muerto

¿Cuánto hay que descender para llegar al Mar Muerto? Unos 400 metros por debajo del nivel de mar. ¿Qué profundidad tiene este lago salado? Casi la misma (en la parte norte). ¿Fascinante? Sin duda. Todo lo es en el Mar Muerto.

He aquí más datos: el Mar Muerto es el punto más bajo que existe en cualquier masa terrestre del planeta (417 metros por debajo del nivel del mar, para ser exactos). La cantidad de agua que se evapora de él es mayor de la que recibe, por lo que esta masa de agua posee la mayor concentración de sal del mundo (340 gramos por litro de agua).

Se llama Mar Muerto porque su salinidad impide que exista forma de vida alguna en este lago. Por otra parte, esa misma sal proporciona un enorme alivio a los numerosos visitantes que sufren alguna dolencia y que vienen aquí regularmente a beneficiarse de sus propiedades curativas. Todo esto y mucho más hacen del Mar Muerto un lugar fascinante, diferente y peculiar.

También podría llamarse a este lago “el balneario terapéutico más bajo del mundo”. En su sección sur se producen sales marinas con fines industriales, y el norte se dedica al turismo y al cuidado de la salud. La composición de sales y minerales del agua es lo que le otorga propiedades únicas y beneficiosas para el organismo.

Su lecho también contiene depósitos de lodo negro fácil de extender por el cuerpo que proporciona a la piel minerales nutritivos. Por si todo esto fuera poco, el bromuro del aire es también beneficioso para el cuerpo, de manera que el Mar Muerto ofrece buena salud y curación a turistas de todo el mundo.

Sin duda es un tesoro nacional de incalculable valor. La costa occidental (dentro de las fronteras de Israel) dispone de playas organizadas y de zonas de baño que permiten acceder cómodamente al agua. Junto a dos de estas playas terapéuticas (Neve Zohar y Ein Bokek) se han creado grandes centros capaces de satisfacer al turista más exigente. Encontrará decenas de hoteles, hospederías y casas de huéspedes, restaurantes y centros comerciales, así como sorprendentes empresas turísticas que ofrecen una gran variedad de actividades emocionantes (recorridos en jeep y en bicicleta, paseos en camello, hospitalidad beduina, rappel y mucho más), junto a actividades artísticas y culturales (galerías y estudios de artistas), y, por supuesto su agricultura única, adaptada al clima local.

El Mar Muerto linda con el Desierto de Judea, región cálida y yerma al pie del acantilado de Ha-He’etekim, que también se ha convertido en un importante centro de turismo en el desierto. El litoral cuenta con numerosos manantiales rodeados de flora silvestre. La peculiar combinación que se ha formado en este lugar, entre paisajes desérticos y oasis llenos de agua, plantas y animales, cautiva por igual la vista y el corazón, y atrae a numerosos turistas a parajes como el Monte Sdom, Nakhal Darga, la reserva de la naturaleza de Ein Gedi y la reserva de Einot Tsukim (Ein Fashkha).

Además de estos sobrecogedores enclaves naturales existen también otros puramente históricos que ocuparon un destacado lugar en el pasado de Israel y que conservan el antiguo encanto de esta zona. Entre los lugares más relevantes están la fortaleza de Massada, la antigua Ein Gedi y las cavernas de Qumrán, en las que se hallaron antiguos rollos de manuscritos como los rollos del Mar Muerto, lo que le permitirá conocer algo más sobre los primeros cristianos y la secta de los esenios, que vivieron allí y a los que se considera precursores de la vida monástica cristiana.

La región noroeste del Mar Muerto es también un lugar de peregrinación para los cristianos que han venido a lo largo de los siglos, especialmente en Pascua. De aquí van al Jordán (lugar donde según la tradición fue bautizado Jesús), y muchos aún siguen esta costumbre en la actualidad.

El recorrido por la zona del Mar Muerto no sería completo sin una visita a los sorprendentes monasterios construidos en las paredes de los acantilados. En el siglo IV se popularizó el ascetismo entre los cristianos, que deseaban vivir del mismo modo que Jesús. Muchos creyentes quisieron dedicar su vida a Dios, y el Desierto de Judea pasó a convertirse en un destino ideal para los monjes, que construyeron fabulosos monasterios, algunos de ellos excavados en las paredes de piedra del desierto. Entre estos monasterios se encuentran los de San Jorge, Quruntul, Khozeba y Mar Saba. Algunos de ellos aún están habitados e incluso acogen a los visitantes, que pueden así apreciar la intensidad del desierto y su belleza salvaje.

miércoles, 1 de febrero de 2017

La Dama de los Ojos Verdes

Relato del poeta  del amor por excelencia, Gustavo Adolfo Bécquer

Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este título. Hoy, que se me ha presentado ocasión, lo he puesto con letras grandes en la primera cuartilla de papel, y luego he dejado a capricho volar la pluma.
Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé si en sueños, pero yo los he visto. De seguro no los podré describir tal cuales ellos eran: luminosos, transparentes como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de verano. De todos modos, cuento con la imaginación de mis lectores para hacerme comprender en este que pudiéramos llamar boceto de un cuadro que pintaré algún día.

I

—Herido va el ciervo..., herido va... no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte, y al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado sus piernas... Nuestro joven señor comienza por donde otros acaban... En cuarenta años de montero no he visto mejor golpe... Pero, ¡por San Saturio, patrón de Soria!, cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los perros, soplad en esas trompas hasta echar los hígados, y hundid a los corceles una cuarta de hierro en los ijares: ¿no veis que se dirige hacia la fuente de los Alamos y si la salva antes de morir podemos darlo por perdido?
Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las trompas, el latir de la jauría desencadenada, y las voces de los pajes resonaron con nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y perros, se dirigió al punto que Iñigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar, señalara como el más a propósito para cortarle el paso a la res.
Pero todo fue inútil. Cuando el más ágil de los lebreles llegó a las carrascas, jadeante y cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo, rápido como una saeta, las había salvado de un solo brinco, perdiéndose entre los matorrales de una trocha que conducía a la fuente.
—¡Alto!... ¡Alto todo el mundo! —gritó Iñigo entonces—. Estaba de Dios que había de marcharse.
Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles dejaron refunfuñando la pista a la voz de los cazadores.
En aquel momento, se reunía a la comitiva el héroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el primogénito de Almenar.
—¿Qué haces? —exclamó, dirigiéndose a su montero, y en tanto, ya se pintaba el asombro en sus facciones, ya ardía la cólera en sus ojos—. ¿Qué haces, imbécil? Ves que la pieza está herida, que es la primera que cae por mi mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya a morir en el fondo del bosque. ¿Crees acaso que he venido a matar ciervos para festines de lobos?
—Señor —murmuró Iñigo entre dientes—, es imposible pasar de este punto.
—¡Imposible! ¿Y por qué?
—Porque esa trocha —prosiguió el montero— conduce a la fuente de los Alamos: la fuente de los Alamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal. El que osa enturbiar su corriente paga caro su atrevimiento. Ya la res, habrá salvado sus márgenes. ¿Cómo la salvaréis vos sin atraer sobre vuestra cabeza alguna calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un tributo. Fiera que se refugia en esta fuente misteriosa, pieza perdida.
—¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de mis padres, y primero perderé el ánima en manos de Satanás, que permitir que se me escape ese ciervo, el único que ha herido mi venablo, la primicia de mis excursiones de cazador... ¿Lo ves?... ¿Lo ves?... Aún se distingue a intervalos desde aquí; las piernas le fallan, su carrera se acorta; déjame..., déjame; suelta esa brida o te revuelvo en el polvo... ¿Quién sabe si no le daré lugar para que llegue a la fuente? Y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus habitadores. ¡Sus, Relámpago!; ¡sus, caballo mío! Si lo alcanzas, mando engarzar los diamantes de mi joyel en tu serreta de oro.
Caballo y jinete partieron como un huracán. Iñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron en la maleza; después volvió los ojos en derredor suyo; todos, como él, permanecían inmóviles y consternados.
El montero exclamó al fin:
—Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto a morir entre los pies de su caballo por detenerlo. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no sirven valentías. Hasta aquí llega el montero con su ballesta; de aquí en adelante, que pruebe a pasar el capellán con su hisopo.

II
—Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío. ¿Qué os sucede? Desde el día, que yo siempre tendré por funesto, en que llegasteis a la fuente de los Alamos, en pos de la res herida, diríase que una mala bruja os ha encanijado con sus hechizos. Ya no vais a los montes precedido de la ruidosa jauría, ni el clamor de vuestras trompas despierta sus ecos. Sólo con esas cavilaciones que os persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta para enderezaros a la espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche oscurece y volvéis pálido y fatigado al castillo, en valde busco en la bandolera los despojos de la caza. ¿Qué os ocupa tan largas horas lejos de los que más os quieren?
Mientras Iñigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su escaño de ébano con un cuchillo de monte.
Después de un largo silencio, que sólo interrumpía el chirrido de la hoja al resbalar sobre la pulimentada madera, el joven exclamó, dirigiéndose a su servidor, como si no hubiera escuchado una sola de sus palabras:
—Iñigo, tú que eres viejo, tú que conoces las guaridas del Moncayo, que has vivido en sus faldas persiguiendo a las fieras, y en tus errantes excursiones de cazador subiste más de una vez a su cumbre, dime: ¿has encontrado, por acaso, una mujer que vive entre sus rocas?
—¡Una mujer! —exclamó el montero con asombro y mirándole de hito en hito.
—Sí —dijo el joven—, es una cosa extraña lo que me sucede, muy extraña... Creí poder guardar ese secreto eternamente, pero ya no es posible; rebosa en mi corazón y asoma a mi semblante. Voy, pues, a revelártelo... Tú me ayudarás a desvanecer el misterio que envuelve a esa criatura que, al parecer, sólo para mí existe, pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede dame razón de ella.
El montero, sin despegar los labios, arrastró su banquillo hasta colocarse junto al escaño de su señor, del que no apartaba un punto los espantados ojos... Este, después de coordinar sus ideas, prosiguió así:
—Desde el día en que, a pesar de sus funestas predicciones, llegué a la fuente de los Alamos, y, atravesando sus aguas, recobré el ciervo que vuestra superstición hubiera dejado huir, se llenó mi alma del deseo de soledad.
Tú no conoces aquel sitio. Mira: la fuente brota escondida en el seno de una peña, y cae, resbalándose gota a gota, por entre las verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen al borde de su cuna. Aquellas gotas, que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un instrumento, se reúnen entre los céspedes y, susurrando, susurrando, con un ruido semejante al de las abejas que zumban en torno a las flores, se alejan por entre las arenas y forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se oponen a su camino, y se repliegan sobre sí mismas, saltan, y huyen, y corren, unas veces, con risas; otras, con suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado solo y febril sobre el peñasco a cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa, Para estancarse en una balsa profunda cuya inmóvil superficie apenas riza el viento de la tarde.
Todo allí es grande. La soledad, con sus mil rumores desconocidos, vive en aquellos lugares y embriaga el espíritu en su inefable melancolía. En las plateadas hojas de los álamos, en los huecos de las peñas, en las ondas del agua, parece que nos hablan los invisibles espíritus de la Naturaleza, que reconocen un hermano en el inmortal espíritu del hombre.
Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la ballesta y dirigirme al monte, no fue nunca para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no; iba a sentarme al borde de la fuente, a buscar en sus ondas... no sé qué, ¡una locura! El día en que saltó sobre ella mi Relámpago, creí haber visto brillar en su fondo una cosa extraña.., muy extraña..: los ojos de una mujer.
Tal vez sería un rayo de sol que serpenteó fugitivo entre su espuma; tal vez sería una de esas flores que flotan entre las algas de su seno y cuyos cálices parecen esmeraldas...; no sé; yo creí ver una mirada que se clavó en la mía, una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el de encontrar una persona con unos ojos como aquellos. En su busca fui un día y otro a aquel sitio.
Por último, una tarde... yo me creí juguete de un sueño...; pero no, es verdad; le he hablado ya muchas veces como te hablo a ti ahora...; una tarde encontré sentada en mi puesto, vestida con unas ropas que llegaban hasta las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda ponderación. Sus cabellos eran como el oro; sus pestañas brillaban como hilos de luz, y entre las pestañas volteaban inquietas unas pupilas que yo había visto..., sí, porque los ojos de aquella mujer eran los ojos que yo tenía clavados en la mente, unos ojos de un color imposible, unos ojos...
—¡Verdes! —exclamó Iñigo con un acento de profundo terror e incorporándose de un golpe en su asiento.
Fernando lo miró a su vez como asombrado de que concluyese lo que iba a decir, y le preguntó con una mezcla de ansiedad y de alegría:
—¿La conoces?
—¡Oh, no! —dijo el montero—. ¡Líbreme Dios de conocerla! Pero mis padres, al prohibirme llegar hasta estos lugares, me dijeron mil veces que el espíritu, trasgo, demonio o mujer que habita en sus aguas tiene los ojos de ese color. Yo os conjuro por lo que más améis en la tierra a no volver a la fuente de los álamos. Un día u otro os alcanzará su venganza y expiaréis, muriendo, el delito de haber encenagado sus ondas.
—¡Por lo que más amo! —murmuró el joven con una triste sonrisa.
—Sí —prosiguió el anciano—; por vuestros padres, por vuestros deudos, por las lágrimas de la que el Cielo destina para vuestra esposa, por las de un servidor, que os ha visto nacer.
—¿Sabes tú lo que más amo en el mundo? ¿Sabes tú por qué daría yo el amor de mi padre, los besos de la que me dio la vida y todo el cariño que pueden atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola mirada de esos ojos... ¡Mira cómo podré dejar yo de buscarlos!
Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lágrima que temblaba en los párpados de Iñigo se resbaló silenciosa por su mejilla, mientras exclamó con acento sombrío:
—¡Cúmplase la voluntad del Cielo!

III
—¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde habitas? Yo vengo un día y otro en tu busca, y ni veo el corcel que te trae a estos lugares ni a los servidores que conducen tu litera. Rompe de una vez el misterioso velo en que te envuelves como en una noche profunda. Yo te amo, y, noble o villana, seré tuyo, tuyo siempre.
El sol había traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban a grandes pasos por su falda; la brisa gemía entre los álamos de la fuente, y la niebla, elevándose poco a poco de la superficie del lago, comenzaba a envolver las rocas de su margen.
Sobre una de estas rocas, sobre la que parecía próxima a desplomarse en el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba, temblando, el primogénito Almenar, de rodillas a los pies de su misteriosa amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.
Ella era hermosa, hermosa y pálida como una estatua de alabastro. Y uno de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.
Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para pronunciar algunas palabras; pero exhalaron un suspiro, un suspiro débil, doliente, como el de la ligera onda que empuja una brisa al morir entre los juncos.
—¡No me respondes! —exclamó Fernando al ver burlada su esperanza—. ¿Querrás que dé crédito a lo que de ti me han dicho? ¡Oh, no!... Háblame; yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer...
—O un demonio... ¿Y si lo fuese?
El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó en un arrebato de amor:
—Si lo fueses.:, te amaría..., te amaría como te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta más allá de esta vida, si hay algo más de ella.
—Fernando —dijo la hermosa entonces con una voz semejante a una música—, yo te amo más aún que tú me amas; yo, que desciendo hasta un mortal siendo un espíritu puro. No soy una mujer como las que existen en la Tierra; soy una mujer digna de ti, que eres superior a los demás hombres. Yo vivo en el fondo de estas aguas, incorpórea como ellas, fugaz y transparente: hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente donde moro; antes lo premio con mi amor, como a un mortal superior a las supersticiones del vulgo, como a un amante capaz de comprender mi caso extraño y misterioso.
Mientras ella hablaba así, el joven absorto en la contemplación de su fantástica hermosura, atraído como por una fuerza desconocida, se aproximaba más y más al borde de la roca.
La mujer de los ojos verdes prosiguió así:
—¿Ves, ves el límpido fondo de este lago? ¿Ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?... Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales..., y yo..., yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio y que no puede ofrecerte nadie... Ven; la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino...; las ondas nos llaman con sus voces incomprensibles; el viento empieza entre los álamos sus himnos de amor; ven..., ven.
La noche comenzaba a extender sus sombras; la luna rielaba en la superficie del lago; la niebla se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren sobre el haz de las aguas infectas... Ven, ven... Estas palabras zumbaban en los oídos de Fernando como un conjuro. Ven... y la mujer misteriosa lo llamaba al borde del abismo donde estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso..., un beso...
Fernando dio un paso hacía ella..., otro..., y sintió unos brazos delgados y flexibles que se liaban a su cuello, y una sensación fría en sus labios ardorosos, un beso de nieve..., y vaciló..., y perdió pie, y cayó al agua con un rumor sordo y lúgubre.
Las aguas saltaron en chispas de luz y se cerraron sobre su cuerpo, y sus círculos de plata fueron ensanchándose, ensanchándose hasta expirar en las orillas.


lunes, 9 de enero de 2017

Cosas de la Alhambra




El suspiro del moro

Una de las historias que más se repiten por los rincones de Granada cuenta que cuando el rey Boabdil entregó las llaves de la ciudad a los reyes católicos, se fue sin mirar lo que dejaba atrás. Pero una vez que llegó a la colina sí se dio vuelta y, con los ojos puestos en Granada, suspiró y se echó a llorar. En ese momento su madre le dijo: “Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre”. Un comentario un tanto machista, pero no se podía esperar otra cosa en esa época. Se dice que el último rey de los moros era muy propenso a irse de fiesta y nunca cuidó el reinado seriamente.  De hecho, durante la sublevación de la Alhambra, Boabdil no encontró mejor manera de lidiar con los conflictos que escapándose a un reducto en la cima de una colina. De ahí que ese sitio se conozca como la Silla del Moro.




El reloj de sol

Se cree que la Alhambra puede verse como un enorme reloj de sol, donde es posible leer la hora siguiendo la ruta de las sombras que se forman, en su interior, en los distintos momentos del día.




La sala de los Abencerrajes

Se dice que en ese cuarto, que era la habitación del sultán, se asesinaron a 37 caballeros de la familia Abencerrajes  que estaban allí invitados para participar de una celebración. Todo ocurrió cuando los caballeros contaron una supuesta historia de amor entre la sultana y uno de los miembros de la familia Abencerrajes. Tal fue la ira que le provocó esto al sultán que, enloquecido por los celos, mandó a decapitar a los miembros de la familia. Se cree que el tono rojizo que se puede ver en la taza que están en la sala así como en el canal que comunica con la Fuente de los Leones son los rastros de sangre que quedaron de aquella matanza.



Leyenda sobre el nombre "Alhambra"

El nombre con el que se conoce este monumento, Alhambra, procede de una palabra musulmana cuyo significado es "Fortaleza Roja". Sin embargo, existen evidencias históricas de que la apariencia de la Alhambra era de un color blanco resplandeciente. Por tanto, ¿cuál es el motivo de se conociera como castillo rojo? La razón más aceptada por los historiadores está en su apresurada construcción. Debido a esta prisa, eran muchos los obreros que intervenían, y el color rojo provenía de sus hachas brillando al sol. Así mismo, por la noche se encendían fogatas para iluminar los trabajos de construcción, lo que también daba un aspecto rojizo para quien la observase desde la Vega de Granada.

miércoles, 4 de enero de 2017

Los Reyes Magos son verdad


Papá, ¿existen los Reyes Magos? preguntó Blanca a su padre.
El padre de Blanca se quedó mudo y miró a su mujer.
- Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad? 
- ¿Y tú qué crees, hija? 
- Yo no se, papá: que sí y que no. Por un lado me parece que sí que 
existen porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso. 
- Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos 
pero... 
- ¿Entonces es verdad? -cortó la niña con los ojos humedecidos-. ¡Me 
habéis engañado! 
- No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que 
existen -respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de 
Blanca . 
- Entonces no lo entiendo. papá. 
- Siéntate, Blanquita, y escucha esta historia que te voy a contar 
porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla -dijo el 
padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.  Cuando el Niño Jesus nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados 
por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le 
llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan 
contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, 
dijo: 
- ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a 
todos los niños del mundo y ver lo felices que serían. 
- ¡Oh, sí! -exclamó Gaspar-. Es una buena idea, pero es muy difícil de 
hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de 
niños como hay en el mundo. 
Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos 
compañeros con cara de alegría, comentó: 
- Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque 
somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder 
recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero 
sería tan bonito. 
Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían 
realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía 
escucharles muy atento, sonrió y la voz de Dios se escuchó en el 
Portal: 
- Sois muy buenos, queridos Reyes Magos, y os agradezco vuestros 
regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: 
¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños? 
- ¡Oh, Señor! -dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas. 
Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño 
que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, 
pero. no podemos tener tantos pajes., no existen tantos. 
- No os preocupéis por eso -dijo Dios-. Yo os voy a dar, no uno sino 
dos pajes para cada niño que hay en el mundo. 
- ¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible? -dijeron a la vez los 
tres Reyes Magos con cara de sorpresa y admiración. 
- Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben 
querer mucho a los niños? -preguntó Dios. 
- Sí, claro, eso es fundamental - asistieron los tres Reyes. 
- Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los 
niños? 
- Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje -respondieron cada vez 
más entusiasmados los tres. 
- Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los 
niños y los conozca mejor que sus propios padres? 
Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que 
Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír: 
- Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres 
Reyes Magos de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos 
regalos, YO, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos 
los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y 
de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También 
ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se 
haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los 
niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les 
contarán esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, 
los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, 
alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos 
todos son más felices.

Cuando el padre de Blanca hubo terminado de contar esta historia, la 
niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo: 
- Ahora sí que lo entiendo todo papá.. Y estoy muy contenta de saber 
que me queréis y que no me habéis engañado.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Cuento de Navidad

Dicen que el día de Navidad Dios escuchó la oración elevada por un padre. Miró hacia abajo y vio a un hombre rezando por su hija de quien no sabía hace mucho tiempo y que no estaría en casa para la Navidad. Dios envió a un ángel a la tierra. Este encontró a la niña parada en la esquina de una gran ciudad, en grave peligro. Al frente había un viejo bar atendido por un hombre que no creía en nada excepto en sus ganancias y en sus borrachitos. De repente, la puerta se abrió y entró un pequeño niño. El barman no podía recordar la última vez que vio a un niño en aquel lugar. El niño le dijo que había una niña afuera que no podía regresar a casa en la noche de Navidad.

Dando un vistazo por la ventana, vio a la chica sollozando. El niño replicó: “Hoy es Navidad, si ella pudiese estar en casa con los suyos, sería grandioso”. El barman miró de nuevo a la niña, luego de algunos segundos, fue a la caja y tomó parte del dinero de las jugosas ganancias del día. Salió del bar, cruzó la calle y siguió a la niña que había avanzado unos metros. Todos los que estaban en el bar pudieron ver cuando él hablaba con la niña. Luego, llamó a un taxi, la hizo subir y le dijo al chofer: “Al aeropuerto”.

Mientras que el taxi se perdía, volteó para buscar al niño, pero ya se había ido. Regresó al bar y preguntó a todos si alguien había visto al chico, pero como él, todos estaban viendo como se perdía el taxi en las calles. Luego alguien comentó que el milagro más increíble del mundo había sucedido con el duro y tacaño barman, quien por fin había vivido una Navidad inolvidable y con satisfacción. Durante el resto de la noche, nadie pagó por un trago. Mientras tanto el ángel subió al cielo y puso en las manos de Dios lo que finalmente había encontrado para Él: un reencuentro y la generosidad de un hombre. Y Dios Padre sonrió.

La Navidad no es un momento ni una época, sino un estado de la mente, un compromiso espiritual. Demostrar generosidad y tener merced es comprender el verdadero significado de la Navidad y celebrarla como es debido.

domingo, 27 de noviembre de 2016

3 Leyendas sobre el Arco Iris


Una de las diosas más fascinantes de todo el Olimpo es la diosa del aire. Iris es una chica con una larguísima melena azul del color del cielo y que vuela rápidamente llevando los mensajes de los dioses. Hace que las nubes se junten y se ponga un día nublado, que luego empiece a llover y a llover mientras ella recorre todo el cielo para llevar su mensaje.

Iris  no tiene alas, sino que vuela con una capa de colores, los colores del arcoíris. Cuando la diosa Iris llega a su destino y entrega su mensaje lo hace con un código secreto. Quita las nubes, saca sus lápices de colores y dibuja un arco enorme para que todo el mundo en la tierra y en el cielo pueda verlo. Así escriben los mensajes los dioses.

El arco que dibuja con sus lápices mágicos la diosa Iris siempre tiene los mismos colores, pero a veces unos colores se ven más que otros, dependiendo de a quién va dirigido el mensaje. Por ejemplo, cuando el color azul del arco iris es el que mejor se ve, el más intenso, es porque Zeus le ha mandando un recado a Poseidón, el dios del mar, para que deje de enfadarse tanto.

Cuando en el arcoíris predomina el color verde es porque el mensaje va dirigido a la Naturaleza, como cuando Zeus le dijo un día que debía tener más cuidado porque los humanos la estaban contaminando. Si es el color amarillo el que más se ve, el mensaje va dirigido al Sol, para decirle que brille con menos intensidad porque puede quemar a la gente.

Son mensajes que se mandan los dioses o los seres que habitan en el cielo entre ellos. Y lo hacen a través de esta Iris voladora que dibuja preciosos arcos en el cielo. Pero Iris también escribe en el cielo mensajes para los humanos, porque su arco siempre es el anuncio de que ese día triste, lluvioso, nublado y gris ha llegado a su fin.


Cuenta la leyenda, que cuando el cielo se une con la tierra aparecen unos personajes pequeños a los que se les llama duendes, éstos, se caracterizan por llevar consigo una olla repleta de oro. Y la única manera de verlos es cuando hay la presencia de un arcoiris, pues de esa manera el cielo se une con la tierra.


Se dice que estos duendes de barba roja, sombrero  y vestimenta verde, se encuentran localizados al final del arcoiris y son muy inteligentes y escurridizos, muchos cuentan que los han encontrado, pero en el mas mínimo descuido desaparecen, también se cuenta, que la única manera de capturarlos es mirándolos fijamente y atarlos del pie derecho con una soga gruesa, el duende en su desesperación de libertad ofrece su olla llena de oro a su captor.

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Se dice que hace mucho tiempo los colores comenzaron a pelearse porque cada uno quería proclamar ser el más importante. El verde argumentaba ser el signo de la vida y la esperanza; el azul decía que el agua era la base de la vida; el amarillo decía que la daba alegría al mundo; el naranja dijo que proporcionaba fuerza al mundo; el rojo dijo ser el color del valor y traer la pasión y amor a los seres terrestres; el púrpura dijo ser el color de la realeza; y el añil dijo ser importante por representar la reflexión.

Cuando todavía estaban discutiendo cayó un relámpago y una lluvia ruidosa, los colores se asustaron y se agruparon. La lluvia dijo: "Están mal al discutir por ver quién es más importante, ¿no saben que la naturaleza los hizo a todos? Cada uno tiene un objetivo especial. La naturaleza los quiere a todos juntos como signo de que hay amor para todos, que pueden vivir juntos en paz, como señal de esperanza".

La naturaleza utiliza la lluvia para lavar al mundo y el arcoíris para recordar a la gente que cuentan siempre unos con otros.


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Existen unos seres que son muy pequeños, las personas los llaman duendes y siempre llevan consigo una olla llena de oro. La única forma de verlos es aprovechando la presencia de un arcoíris, pues es cuando el cielo se conecta con la tierra. Los duendes de barba roja, sombrero y vestimenta verde están al final del arcoíris.

Los duendes son inteligentes y escurridizos, muchos que los han visto sólo es por un instante, pues desaparecen en cualquier descuido. Se dice que para atraparlo hay que mirarlos fijamente, atarlos del pie derecho con una soga gruesa. Para que lo dejes libre el duende te ofrece su olla llena de oro.



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Una leyenda brasileña cuenta que en la tribu de las Cashinahuas vivía una joven muy hermosa llamada Iasá, muchos la veían y se enamoraban de ella, pero ella sólo amaba a Tupá, hijo del dios Tupán. La pareja se amaba mucho y eran felices, pero había un gran problema. Un demonio llamado Anhangá también estaba enamorado de Iasá y haría todo lo que pudiera para ganar esa guerra de amor.

Anhangá visitó a la madre de Iasá y le pidió la mano de su hija, para convencerla le ofreció muchas riquezas. La madre era muy ambiciosa, así que accedió a la petición del demonio y le dio la noticia a su hija de que no se casaría con Tupá, sino con Anhangá.

Al escuchar las palabras de su madre, Iasá se puso muy triste y esperó el día de la boda, sabía que casarse con Anhangá significaba ir a vivir al infierno, y jamás volvería al cielo, donde vivía su amado Tupá. Resignada a su destino, le hizo una última petición a Anghangá: ver por última vez a Tupá.

El demonio complació a Iasá y accedió con una condición, ella tendría que cortarse el brazo para dejar un camino de sangre, así ella no se escaparía con Tupá. El día de la boda, antes de la ceremonia, Iasá se hizo una herida en el brazo y caminó para despedirse de su amado, mientras caminaba las gotas de sangre iban formando un arco en el cielo.

Tupá era poderoso, así que le pidió al sol, al cielo y al mar que acompañaran a Iasá en su camino, y que para confundir a Anhangá dibujaran tres arcos más, al lado de la franja roja. El sol, Guarací, dibujó un arco amarillo; el cielo Iuaca, puso un arco azul claro; y el mar, Pará, formó un arco azul oscuro.

Iasá no logró llegar a donde estaba su amado, se debilitó y cayó a la tierra, su sangre se mezcló con la franja amarilla y se formó un arco anaranjado y al mezclarse con el azul dibujó un arco violeta. Ella murió en una playa y no se casó con el demonio, así  no tuvo que ir al infierno. De su cuerpo subió un arco verde y así se formó el primer arcoíris.


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