Antes de entrar deja fuera tu rabia y tu ira. Bienvenido a este bosque encantado, un lugar donde podemos dar rienda suelta a ese niño que todos llevamos dentro, tienes mi permiso para dejarlo salir y que haga locuras. Sumérgete en este mundo mágico de las hadas y los duendes y vuelve pronto, te esperaré agitando mis alas.

SE REUNIÓ EL CONSEJO

PARA LA MÚSICA DEL BLOG PARA OIR EL AUDIO

martes, 14 de noviembre de 2017

El Mago Merlín


Fue un gran y famoso mago galés que vivió, presuntamente, en el siglo VI, y se trata de una de las figuras centrales del ciclo artúrico. Sin embargo, otra hipótesis es que Merlín no hace referencia al nombre de una persona, sino a un título, como lo fuese el título de druida. Es el mago más famoso de la historia europea, e inspirador de muchos magos de la literatura universal.

Según el especialista bretón Jean Markale, Merlín es una figura polifacética que personifica diferentes arquetipos del mundo mítico celta; como el druida, el bardo, el hombre salvaje, el chamán y el profeta.

La historia de Merlín está repleta de misterios y como su vida está relatada principalmente por obras literarias, o de poco valor histórico, se hace difícil señalar la fecha exacta de su nacimiento o de su muerte.

Según algunas leyendas, Merlín fue engendrado por un demonio, un espíritu corrupto que se unió ilícitamente a una monja. En algunas obras la madre de Merlín no es una monja, sino la hija célibe de un rey menor de Gales del Sur, aunque también se menciona a una bruja del bosque. Otras versiones menos truculentas sugieren que Merlín fue concebido por su madre sin ninguna intervención
masculina. Finalmente, otros creen que lo engendró la fuerza mágica de la antigüedad. Por otro lado una versión más apegada a la historia dice que Merlin o Myrddin Emrys en galés, fue hijo bastardo de uno de los reyes de Britania: Aurelius Ambrosius, hermano mayor de Uther Pendragon.

En todo caso, parece ser que Merlín fue creado al principio para atraer a los humanos al lado oscuro que todo hombre guarda, pero al crecer decidió hacer precisamente lo contrario: se convirtió en guía espiritual de su época, y en consejero de diferentes reyes, como el usurpador Vortigern, Aurelius Ambrosius, Uther Pendragon y el famoso Arturo de Camelot.

Se considera a Merlín el mago más poderoso de la epopeya artúrica. Según se cuenta en las diferentes obras literarias que lo tienen de protagonista, era capaz de hablar con los animales, de cambiar de forma, de hacerse invisible, y también de controlar el clima y los elementos, aunque estas habilidades las empleaba con sumo cuidado para no enfurecer a la naturaleza, la «diosa más poderosa». En la novela medieval Lancelot y Ginebra se contaba de él lo siguiente: "Conocía la esencia de todas las cosas, su transformación y su renovación, conocía el secreto del Sol y de la Luna, las leyes que rigen el curso de las estrellas en el firmamento; las imágenes mágicas de las nubes y el aire; los misterios del mar. Conocía los demonios que envían sueños bajo la Luna. Comprendía el grito áspero de la corneja, el volar cantarín de los cisnes, la resurrección del fénix. Podía interpretar el vuelo de los cuervos, el rumbo de los peces y las ideas ciegas de los hombres, y predecía todas las cosas que sucedían después."

Se decía que Merlín tenía contactos con las hadas, los gnomos, e incluso con los dragones; se le considera el único hombre que se ganó el respeto y la admiración de estos monstruos, no sólo por su bondad y sabiduría sino por sus dotes artísticos (fue un maestro de la poesía y la literatura).

Acabó sus días en el bosque de Brocelianda (Bretaña), donde fue recluido en un árbol por su compañera Nimue, la Dama del Lago. Markale interpreta el mito de la prisión merlínica en el bosque, como el símbolo de la unión cósmica entre el hombre y la naturaleza. Otras versiones mencionan que la celda en que fue recluido fue una cueva, y otras, una jaula de cristal. Según se cuenta, allí está todavía, esperando que alguien lo libere.

domingo, 1 de octubre de 2017

El trébol de cuatro hojas


Al referirnos a Irlanda no podemos dejar de pensar en San Patricio ni en las historias de gnomos y hadas que identifican a esta región de Europa, pero también tenemos en el trébol a un componente muy interesante dentro de la historia de este personaje que es venerado efusivamente hasta nuestros días.

Se sabe que San Patricio fue secuestrado y llevado a una isla en la que trabajaba como pastor, hasta que una noche escuchó una voz santa que le indicaba que regresara a Irlanda.

A partir de entonces, San Patricio comenzó una labor de evangelización por todo el país buscando la conversión al cristianismo de estos, para lo que recurría en muchos casos al trébol de tres hojas, con lo que podía explicar a la gente sobre la Santísima Trinidad.
Según las historias, se cuenta que cierto día San Patricio se hallaba tratando de explicar a un grupo de celtas sobre este misterio de la Trinidad, pero a pesar de sus esfuerzos no lograba que entendieran plenamente el tema.

Casualmente, miró hacia el suelo y vio un trébol en el terreno, el cual tomó para explicarles que así como brotaban esas tres hojas, de la misma manera, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo eran uno solo.

Desde aquel momento, los irlandeses tomaron al trébol como el símbolo de la labor pastoral de San Patricio y más adelante fue adoptado como símbolo nacional, en virtud del significado de su obra por esa región.

Pero aun ya antes de esto, los celtas tenían la idea de que el trébol era una especie de talismán, sobre todo aquel que poseía cuatro hojas, y que servía muy efectivamente contra la energía negativa, asignándole a cada una un valor diferente: la esperanza, la fe, el amor y la buena suerte.

Grandes personajes de la historia, como Napoleón Bonaparte y Abraham Lincoln, conservaban uno en su bolsillo como señal de buena fortuna.



Encontrar un trébol de tres hojas le puede suceder a cualquiera, pero uno de cuatro hojas es solo para quien tiene suerte. Se cree que toparse con un trébol de cuatro hojas es un símbolo de buen augurio. Cada hoja representa uno de los cuatro componentes básicos de la felicidad, pero en este punto existen diferentes concepciones. Para unos los cuatro símbolos que representan son: riqueza, fama, amor y salud. Para otros los cuatro símbolos que representan son: esperanza, fe, amor y suerte. La primera afirma que la primera hoja de la izquierda del tallo trae fama, la segunda hoja riqueza, la tercera amor y la cuarta salud. Se estima que cada un trébol de cuatro hojas hay unos 10.000 de tres hojas, inclusive existen tréboles de más de cuatro hojas, el trébol con más hojas que se ha encontrado tenía dieciocho.
La creencia de que los tréboles de cuatro hojas nos darán suerte es muy antigua y en diversos países tiene sus propias características.

Son muy variadas las leyendas existentes y a continuación te las presentamos:
 Cuando Eva fue desterrada del paraíso se llevó consigo un trébol de cuatro hojas, siendo este un acto pudoroso.

 Si una mujer joven encuentra uno se casará con el primer hombre joven que vea a partir de ese momento.

 Algunos creen que el trébol de cuatro hojas debe guardarse en el calzado y otros entre las hojas de la Biblia.


Leyendas mitológicas del mundo de las Hadas: Existen dos leyendas que se oponen en el mundo de las Hadas - la primera afirma que las hadas los utilizan para recobrar fuerzas. Basándose en esta leyenda es que se recomienda contar con un trébol de cuatro hojas para recobrar energía y deshacerse del stres acumulado. - la segunda, en cambio, asegura que las hadas no soportan los tréboles de cuatro hojas. De esta leyenda se desprende la creencia que dice que un trébol de tres hojas nos protege de las hadas y uno de cuatro no convierte en el dueño de ellas.

De todos modos la primera es la más difundida en los infinitos cuentos de hadas existentes, donde se afirma que son beneficiosos para ellas.

martes, 5 de septiembre de 2017

Túnel del Amor (Kleven, Ucrania)

Pasado el tiempo estipulado de descanso, vuelven los niños a los colegios, los transportes públicos a su horario normal y yo, a mis blogs.
 Hoy les traigo un reportaje sobre este maravillso lugar, que el hombre empezó y la Naturaleza acabó. Original y algo inquietante, pero no por ello menos hermoso.


Conocido como el túnel del amor, esta maravilla de la naturaleza ha despertado el interés de cientos de turistas a lo largo de todo el mundo por su particular forma. Este romántico pasadizo era antiguamente un paso del tren de aproximadamente 3 kilómetros de vasta y completa vegetación natural.
Sin embargo, tras quedar la ruta obstruida, la naturaleza se apoderó de las vías adornándolas con gigantescas ramas y flores silvestres que actualmente, han dado lugar a una de las atracciones más visitadas del país ubicado en el este de Europa. Conserva en su interior una leyenda que cuenta que si uno pasea por este lugar de ensueño agarrado a su pareja y piden un deseo, éste se hará realidad.

La orografía del paisaje y sus características climáticas han ocasionado que, en ciertos aspectos, la naturaleza, antojadiza, haya optado por dejar su huella con tramos curiosos como el de una de las secciones ferroviarias que une la estación central del Klevan con una de las fábricas procesadoras de madera.

Por otra parte, la rica y exuberante vegetación que crece al lado de las vías ha logrado formar un túnel frecuentado por periodistas, fisgones y, sobre todo, parejas de novios y esposos. Y es que se dice que si uno pasea por este túnel natural con la persona a la que adora, el deseo que pida se le concederá.

domingo, 23 de julio de 2017

Tamboril y el Gitano


Una tarde, el caballo Tamboril viajaba rumbo a su nuevo hogar. Andrés y Maite Vegas acababan de comprarlo y lo llevaban a los establos que tenían en Cañameras.

La caja en que iba encerrado empezó a balancearse peligrosamente y Andrés tuvo que detenerse al borde del camino..Cuando abrió la puerta para tranquilizarlo, Tamboril dio un salto y salió al galope, perdiéndose en la oscuridad.

Maite quiso ir tras él, pero Andrés le dijo:-No podremos encontrarlo ahora. Volveremos mañana.
Se fueron y dejaron al caballo perdido en la noche.


Al principio. Tamboril sólo pensaba en huir lo más lejos posible de la caja, y corrió como un rayo por la carretera. Luego aflojó el paso y empezó a trotar. Se sentía solo, tenía miedo y echaba de menos el establo caliente. Buscó refugio junto a un seto y se echó a dormir.

Aún estaba allí cuando Pepe Heredia pasó rumbo a la escuela al día siguiente. Pepe era un gitanillo que tenía el cabello negro y rizado y unos ojos negros muy brillantes. Lo que más le gustaba en el mundo eran los caballos. Su padre ya no se dedicaba a criarlos, pero Pepe llevaba en la sangre un gran amor por estos animales.

-Quieto, quieto -susurró, acariciando a Tamboril- Vamos a ser buenos amigos.

El caballito sintió que estaba a salvo con el niño. Pero tenía mucho frío.

-Pobrecito -dijo Pepe- Será mejor que te lleve a casa, a ver a la abuela.

Y echó a andar, llevándose a Tamboril con él.

El campamento gitano se encontraba muy cerca de la carretera principal. Estaba lleno de coches y camiones en mal estado, y entre ellos sobresalía, como una flor brillante, un carro de madera pintada. Pepe se acercó a la puerta y la golpeó con los nudillos. Abrió su abuela.

-¿Qué traes ahí? -preguntó, al ver al caballo.

-Lo encontré junto al camino. Tiene mucho frío y se me ocurrió que tú podías ayudarlo.

Ella volvió a entrar en el carro y regresó con una botella de medicina que olía rematadamente mal.

-Es una receta mía.

Le dio un poco al animal, que sintió como un fuego le calentaba las entrañas, y lo hizo acostarse en un montón de trapos, cubriéndolo con mantas viejas.

-No tardará mucho en sentirse bien -dijo la vieja gitana.

Pepe se sentó junto a Tamboril para ver cómo se recuperaba.

Mientras lo acariciaba, apareció su padre.

-¿Qué hace aquí este caballo? -gritó- Llévatelo en seguida. Sabes muy bien que está prohibido robar caballos.

-No lo robé, lo encontré en el camino.

-Si es así, deberías llevarlo a la comisaría. Los policías sabrán qué -Ya puedes olvidarte de eso -le recomendó su padre-. Aquí no hay sitio para caballos.

Tras decirle esto, se marchó.

-¡Pepe! -gritó su abuela desde la puerta del carro-. ¡Ven aquí! Tengo que enseñarte una cosa.

Sacó un paquete de un viejo baúl y, desenvolviéndolo lentamente, le mostró la brida más bonita que jamás había visto.

-Era de tu bisabuelo, de mi padre -le explicó-. Tenía cuarenta caballos, y esta brida era la de su preferido. Cuídala bien, ¿me oyes? Trátala como se merece y te traerá suerte.

Pepe estaba tan emocionado que no sabía cómo darle las gracias. Salió y le colocó la brida a Tamboril.

-¡Vaya, te va perfecta! -suspiró-. Pero esta tarde ya no estarás conmigo…

Tamboril se dio cuenta de que había llegado el momento de marcharse. Se puso en pie, Pepe lo montó y se alejaron del campamento a medio galope. Con el gitanillo montado en su lomo, Tamboril estaba dispuesto a ir a cualquier parte.

Había un atajo que atravesaba los campos de brezos, en dirección a la comisaría. Tamboril se animó y comenzó a galopar. Pepe pesaba menos que una pluma. Monte arriba, se dirigieron hacia un muro de piedras muy bajo. A Tamboril le encantaba saltar; acortó el paso y se dispuso a pasar sobre el muro.

-¡Arriba! -gritó Pepe.

Al otro lado del muro había una cantera inundada. Tamboril se asustó. Al caer, el suelo cedió bajo sus patas y comenzó a resbalar hacia el agua. Pepe pudo saltar, pero Tamboril cayó al agua fangosa con gran estrépito.

“¡Seguro que se ahogará!”, pensó. “¡El agua es tan profunda!”

Pero Tamboril logró llegar a una roca que había en la orilla.

Pepe se arrastró por el borde de la cantera hasta poder agarrar la brida de Tamboril.

-Calma, calma, pequeño -susurro-Quédate quieto. Todo va bien. Pronto vendrán a ayudarnos.

Se equivocaba. Nadie los ayudó. Estuvo allí sentado durante muchas horas, sosteniendo la cabeza del caballito. Pepe gritó y gritó, hasta perder la voz, pero nadie oyó sus llamadas de auxilio.

Comenzaba a hacerse de noche cuando oyó ladrar a un perro y vio en la lejanía a un labrador que, seguramente, era su dueño.

El perro se acercó corriendo.

-Busca a tu amo. ¡Busca, busca! -le suplicó Pepe. En seguida comprendió la tragedia y con ladridos lastimeros llamó al labrador, que se acercó presuroso.

-Te sacaremos de ahí, ten confianza -gritó el hombre.

A la media hora vieron un helicóptero sobre sus cabezas. Primero bajaron a un tripulante con unas cuerdas especiales; Pepe le ayudó a sujetar a Tamboril con ellas.

El asombrado caballo no podía comprender qué sucedía. Intentó no perder de vista a su amiguito. ¿Iban a llevárselo a él, abandonando allí a Pepe? Subió y subió, hasta que lo dejaron a buena distancia de la cantera. Pepe no esperó al helicóptero, sino que se apresuró a escalar la cantera para asegurarse de que Tamboril estaba a salvo.

Una vez en casa del labrador, Pepe tomó una taza de leche con galletas y Tamboril una deliciosa masa de salvado.

La policía, y Andrés y Maite Vegas, tras buscar al caballo afanosamente, lo encontraron sano y salvo allí.

-Lo llevaba a la comisaría cuando nos caímos en la cantera -les contó Pepe.

-Se llama Tamboril -explicó

Maite- Ven a verle cuando quieras.

Así pues, Pepe se pasó todos los fines de semana y las vacaciones trabajando en los establos de Cañameras. Muchos chicos montaban Tamboril, pero sólo llevaba la brida gitana cuando lo montaba Pepe.

lunes, 19 de junio de 2017

La soberbia del árbol (Cuento tibetano)


Hace muchísimos años que en la cumbre más alta del Himalaya se levantaba un árbol gigantesco, de extraordinaria frondosidad, a cuya sombra iban a cobijarse todos los habitantes de aquellas apartadas regiones.

Y ocurrió que cierto día, un santo monje budista llamado Shinram, extenuado por el calor y la fatiga de una larga caminata, fue a sentarse a la sombra acogedora del gran árbol. Y el bonzo no pudo por menos que dirigir al espléndido vegetal palabras de agradecimiento y admiración.

Es evidente – le dijo – que debes gozar de la protección de algún poderoso dios, puesto que ni el huracán ni las ventiscas – que tan violentas son en el Tibet – han podido desbaratar tu magnifica melena, ni abatir tu soberbio tronco en el curso de los siglos. ¿Es acaso el mismo dios del Viento quien te protege?

¡Ni mucho menos! – contesto el árbol con altivez, sacudiendo sus frondas con un ruido semejante al trueno -. Por ese lado te engañas, anciano. Nunca me ha protegido ninguna divinidad, y menos aún el maligno Viento, que no tiene amigos ni perdona a nadie.

Entonces…- dijo el monje.

Lo que sucede – interrumpió el árbol – es que nadie ni nada puede contra mí, por fuerte y poderoso que sea. Cuando el viento se desata furioso y arrolla con su ímpetu a los demás árboles, se detiene como agotado ante mí potencia y se retira, mudo y temeroso, deseando en su corazón que yo no me encolerice contra él y le castigue severamente.

Tales palabras, llenas de soberbia y de necia jactancia, indignaron al bueno de Shinram, sabido es que los tibetanos adoran los lagos, los montes, los bosques, el sol, y diversos fenómenos como manifestaciones de su dios.

También aquel monje, al igual que otros muchos bonzos budistas, creía que el dios creador de todo lo existente se unió con otro del sexo femenino, y de su unión salieron los hombres primitivos, o pequeños dioses, y la Tierra.

Es decir, que Shinram, creía que el Cielo y la Tierra venían a ser como seres de distinto sexo; el Cielo, masculino, tenía como principio fecundante el Sol, el cual emitía los gérmenes de reproducción en los “fecundísimos senos de la Luna” la cual los enviaba a la Tierra, ser femenino.

Los coreanos, en cambio, creen descender de una vaca que vivía en las playas marítimas, aunque las clases nobles, en su orgullo, se han denominado siempre hijos del Sol.

Mirando fijamente al soberbio árbol, el monje budista exclamó con acento indignado: – ¿No te da vergüenza?, ¿Cómo te atreves, miserable vegetal, a emplear ese acento lleno de desprecio para uno de los dioses más poderosos, que es el terror del universo?

Y poniéndose de pie, decidió a abandonar aquellos lugares, añadió: – me voy de aquí aunque cansado y deseoso de sombra y de frescura, no puedo detenerme ni un minuto más a hablar con un ser tan indigno y necio como tú.

Acto seguido marchándose indignado, apoyándose en su grueso cayado y murmurando palabras de enojo contra el soberbio árbol, se alejó..

Pero aún no había desaparecido en la lontananza, cuando el cielo se oscureció, la tierra se puso a temblar y presentándose el Viento en persona y con un espantoso silbido, agitando amenazadoramente sobre el árbol sus potentes brazos hechos de nubes.

Cuando el árbol vio al poderoso dios junto a él, se estremeció hasta sus más profundas raíces y en su fuero interno deseó no haber pronunciado jamás aquellas insensatas palabras.

¿Qué tal arbolito? – aulló el Viento -. ¡Así que yo no soy bastante potente para ti! ¡Ja, Ja!

Y al reír todos los árboles del bosque se doblegaron aterrorizados hasta el suelo. El Viento prosiguió diciendo, malhumorado: – ¡muy bien! ¡De manera que te tengo miedo! ¿No sabes que si yo quisiera te derribaría en un instante como el más pequeño de los arbustos? Si ahora te he perdonado la vida, ingrato, y te he conservado intacto durante siglos, es porque en la noche de los tiempos, cuando el mundo era todavía en gran parte un caos, el dios Brahma, cansado del trabajo de la creación del mundo, vino a reposar a tu sombra. ¿No lo sabias, acaso? – No, no lo sabía – acertó a murmurar el árbol. – Y ha sido precisamente en memoria de aquel hecho – agrego el Viento -, por lo que te he concedido la vida hasta hoy. Pero tú me has insultado, me has ultrajado, y por eso mereces el castigo más atroz. Pero no lo aplicaré ahora, sino mañana.

¡Perdón! – suplico el árbol -. ¡Te prometo no volver a hacerlo!

Pero el Viento, sin hacer caso de tal suplica, prosiguió con tono amenazador: – quiero castigarte a la luz del sol para que todos puedan ver como el Viento trata a los ingratos y soberbios. ¡Hasta mañana!

Y tras haber lanzado un último silbido que abatió a los arboles de la selva y heló a las fieras en el fondo de sus guaridas, desapareció tan rápidamente como había venido.

Poco después vino la noche y el silencio y las tinieblas envolvieron al mundo. Todas las plantas se adormecieron rendidas y temerosas. ¡Solo el árbol del Himalaya velaba en su angustia! Y, acongojado, decía para sí: “¡Con que gusto me desdeciría de cuanto he dicho al monje budista y me retractaría de todo! ¡Ahora quien sabe lo que me espera! Probablemente seré arrancado de cuajo, hecho pedazos y triturado; mi tronco y mis ramas serán esparcidas por la selva, marchitos y secos, y solo serán útiles para arder en una hoguera. ¡Después de tantos siglos de vida y reinado, seré borrado de la faz de la Tierra…!”

Pero a medida que iba meditando en estas cosas, se le ocurrió que tal vez existía un remedio heroico, una última esperanza de sobrevivir: resistiendo la furia del Viento.

Si – murmuro el árbol -, despojado de todas mis ramas y de todas mis hojas, podre resistir mejor los embates de mi enemigo.

Y así los hizo seguidamente. En un momento se despojó de todas las ramas, se arrancó hasta la última hoja, y las primeras horas del alba encontraron, en el lugar del árbol magnifico, señor de la selva y rey de todos los bosques, un miserable tronco, mutilado y desnudo.

Unos momentos después se presentó el Viento, como había prometido. Venía lleno de cólera y deseoso de vengarse. Pero entonces ocurrió algo curioso, sorprendente.

Cuando el dios estuvo junto al árbol y lo vio sin hojas y con las ramas y las flores esparcidas por el suelo, su cólera se desvaneció instantáneamente y comenzó a reír con una risa primero breve y queda, luego fuerte y sonora, que invadió toda la tierra y la sacudió hasta sus cimientos.

¡Por fin una vez recobrado el aliento, dijo con ironía: – En verdad que no te conozco, árbol soberbio! El castigo que tú mismo te has infringido ha sido mucho más atroz que el que yo habría podido aplicarte con toda la fuerza de mi cólera. Ahora eres un espectáculo realmente grotesco, porque todos se reirán de ti: los animales y las plantas, los hombres y también los dioses. ¿Qué mayor venganza contra un soberbio y necio como tú? ¡Ja, Ja!

Y profiriendo sonoras carcajadas regresó a la áurea morada de los dioses, dejando al árbol triste y humillado.

domingo, 7 de mayo de 2017

Entre cisnes y loros

CISNES
En occidente, símbolo de pureza y perfección, a imagen del blanco inmaculado de su plumaje, fue inspiración de poetas, filósofos y psicoanalistas. Sin emabrgo, si bien este ave estaba cargada de sentido en la mente de aquellos hombres, sorprendía y estimulaba su imaginación, parece ser que, de nuevo, fueron los pueblos de Asia los que le atribuyeron los símbolos más hermosos: prudencia,
coraje, nobleza, elegancia, belleza y, por supuesto, pureza. Fue también su belleza la que le valió convertirse en uno de los atributos de Apolo, o ser escogido por el mismo Zeus, quien tomó su apariencia para seducir a Leda. Finalmente, es de destacar que su grito fue a la vez considerado un canto de amor y un canto de muerte y que ''La muerte del cisne'' (coreografía compuesta sobre el andante del Carnaval de los animales de Camille Saint-Saëns e interpretada por vez primera por la bailarina estrella rusa Anna Pavlova en San Petersburgo, en 1907) es todavía una de las creaciones más hermosas del ballet del siglo XX


LOROS
De las personas que no paran de hablar se dice que ''hablan como cotorras''. Al mismo tiempo, los estudiantes que memorizan sus lecciones de principio a fin, sin impregnarse de veras de la sustancia y conocimiento de las mismas, se han ganado a pulso la fama de ''recitar como loros'', a pesar de que
ninguna de estas aves
está capacitada para reproducir íntegramente la lista de los reyes godos o la tabla periódica de los elementos. Por otra parte, sino se cesa de afirmar que el perro es ''el mejor amigo del hombre'', tampoco hay que olvidar que el loro (sobre todo la cacatúa) fue el más pintoresco compañero de los piratas y bucaneros que surcaron los mares en los siglos XVII y XVIII. Aquellos forajidos de la marinería habían encontrado en el pico duro y ganchudo de los loros un parentesco biológico con el garfio que cubría sus muñones

lunes, 27 de marzo de 2017

La Ninfa Eco y Narciso


Eco es una de las ninfas del bosque, y es la que da origen al sonido que conocemos como eco.

Eco es protagonista de varias leyendas. Por ejemplo, existe una en la que aparece como la amada de Pan (dios de pastores y rebaños), pero ella no corresponde a ese amor sino que sufre por el desprecio de un fauno al que ama de verdad. Pan, movido por los celos decide vengarse, y hace que ella se desgarre por unos pastores. Su llanto se relaciona con el eco.

La diosa Hera había castigado a Eco, y le impedía hablar. La ninfa solo podía repetir la última palabra que pronunciara su interlucotor. Esto se debió a que Eco cubría a Zeus sus infelidades hacia Hera, y la entretenía con elocuentes conversaciones, mientras el dios de dioses se divertía con sus amantes.

En la versión más conocida del mito de Eco, ella se enamora perdidamente de Narciso de quien el adivino Tiresias predijo, en su nacimiento, que tendría un larga vida si no se contemplaba a sí mismo. Este joven era muy hermoso pero despreciaba el amor de todos.

La pobre ninfa no fue la excepción y Narciso despreció su corazón cuando la vio en el bosque y ella no fue capaz de responderle más que sus propias palabras. Entonces, ella desolada, ofendida se encerró en un lugar solitario y allí dejó de comer y de cuidarse. Así se fue consumiendo poco a poco, y el dolor la fue absorbiendo hasta que desapareció y se desintegró en el aire, quedando sólo su voz que repetía las últimas palabras de cualquiera. Esta voz es lo que llamamos eco.

Debido a esto los dioses se molestaron y todas las demás mujeres rechazadas oraron a los dioses por venganza. Némesis (la venganza) las escuchó e hizo que Narciso contemplara su propia imagen. Cuando el joven lo hizo, se enamoró de su propia belleza y ya no le importó nada más que su imagen.

Se quedó contemplándose en el estanque y se dejó morir, totalmente indiferente al resto del mundo. Dicen que aún en el Estigio (el mar de la tierra de los muertos), Narciso continúa admirándose.

En el lugar del lago donde Narciso se miraba, nació la primera flor que lleva su nombre.

viernes, 3 de marzo de 2017

El Mar Muerto

¿Cuánto hay que descender para llegar al Mar Muerto? Unos 400 metros por debajo del nivel de mar. ¿Qué profundidad tiene este lago salado? Casi la misma (en la parte norte). ¿Fascinante? Sin duda. Todo lo es en el Mar Muerto.

He aquí más datos: el Mar Muerto es el punto más bajo que existe en cualquier masa terrestre del planeta (417 metros por debajo del nivel del mar, para ser exactos). La cantidad de agua que se evapora de él es mayor de la que recibe, por lo que esta masa de agua posee la mayor concentración de sal del mundo (340 gramos por litro de agua).

Se llama Mar Muerto porque su salinidad impide que exista forma de vida alguna en este lago. Por otra parte, esa misma sal proporciona un enorme alivio a los numerosos visitantes que sufren alguna dolencia y que vienen aquí regularmente a beneficiarse de sus propiedades curativas. Todo esto y mucho más hacen del Mar Muerto un lugar fascinante, diferente y peculiar.

También podría llamarse a este lago “el balneario terapéutico más bajo del mundo”. En su sección sur se producen sales marinas con fines industriales, y el norte se dedica al turismo y al cuidado de la salud. La composición de sales y minerales del agua es lo que le otorga propiedades únicas y beneficiosas para el organismo.

Su lecho también contiene depósitos de lodo negro fácil de extender por el cuerpo que proporciona a la piel minerales nutritivos. Por si todo esto fuera poco, el bromuro del aire es también beneficioso para el cuerpo, de manera que el Mar Muerto ofrece buena salud y curación a turistas de todo el mundo.

Sin duda es un tesoro nacional de incalculable valor. La costa occidental (dentro de las fronteras de Israel) dispone de playas organizadas y de zonas de baño que permiten acceder cómodamente al agua. Junto a dos de estas playas terapéuticas (Neve Zohar y Ein Bokek) se han creado grandes centros capaces de satisfacer al turista más exigente. Encontrará decenas de hoteles, hospederías y casas de huéspedes, restaurantes y centros comerciales, así como sorprendentes empresas turísticas que ofrecen una gran variedad de actividades emocionantes (recorridos en jeep y en bicicleta, paseos en camello, hospitalidad beduina, rappel y mucho más), junto a actividades artísticas y culturales (galerías y estudios de artistas), y, por supuesto su agricultura única, adaptada al clima local.

El Mar Muerto linda con el Desierto de Judea, región cálida y yerma al pie del acantilado de Ha-He’etekim, que también se ha convertido en un importante centro de turismo en el desierto. El litoral cuenta con numerosos manantiales rodeados de flora silvestre. La peculiar combinación que se ha formado en este lugar, entre paisajes desérticos y oasis llenos de agua, plantas y animales, cautiva por igual la vista y el corazón, y atrae a numerosos turistas a parajes como el Monte Sdom, Nakhal Darga, la reserva de la naturaleza de Ein Gedi y la reserva de Einot Tsukim (Ein Fashkha).

Además de estos sobrecogedores enclaves naturales existen también otros puramente históricos que ocuparon un destacado lugar en el pasado de Israel y que conservan el antiguo encanto de esta zona. Entre los lugares más relevantes están la fortaleza de Massada, la antigua Ein Gedi y las cavernas de Qumrán, en las que se hallaron antiguos rollos de manuscritos como los rollos del Mar Muerto, lo que le permitirá conocer algo más sobre los primeros cristianos y la secta de los esenios, que vivieron allí y a los que se considera precursores de la vida monástica cristiana.

La región noroeste del Mar Muerto es también un lugar de peregrinación para los cristianos que han venido a lo largo de los siglos, especialmente en Pascua. De aquí van al Jordán (lugar donde según la tradición fue bautizado Jesús), y muchos aún siguen esta costumbre en la actualidad.

El recorrido por la zona del Mar Muerto no sería completo sin una visita a los sorprendentes monasterios construidos en las paredes de los acantilados. En el siglo IV se popularizó el ascetismo entre los cristianos, que deseaban vivir del mismo modo que Jesús. Muchos creyentes quisieron dedicar su vida a Dios, y el Desierto de Judea pasó a convertirse en un destino ideal para los monjes, que construyeron fabulosos monasterios, algunos de ellos excavados en las paredes de piedra del desierto. Entre estos monasterios se encuentran los de San Jorge, Quruntul, Khozeba y Mar Saba. Algunos de ellos aún están habitados e incluso acogen a los visitantes, que pueden así apreciar la intensidad del desierto y su belleza salvaje.

miércoles, 1 de febrero de 2017

La Dama de los Ojos Verdes

Relato del poeta  del amor por excelencia, Gustavo Adolfo Bécquer

Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este título. Hoy, que se me ha presentado ocasión, lo he puesto con letras grandes en la primera cuartilla de papel, y luego he dejado a capricho volar la pluma.
Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé si en sueños, pero yo los he visto. De seguro no los podré describir tal cuales ellos eran: luminosos, transparentes como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de verano. De todos modos, cuento con la imaginación de mis lectores para hacerme comprender en este que pudiéramos llamar boceto de un cuadro que pintaré algún día.

I

—Herido va el ciervo..., herido va... no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte, y al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado sus piernas... Nuestro joven señor comienza por donde otros acaban... En cuarenta años de montero no he visto mejor golpe... Pero, ¡por San Saturio, patrón de Soria!, cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los perros, soplad en esas trompas hasta echar los hígados, y hundid a los corceles una cuarta de hierro en los ijares: ¿no veis que se dirige hacia la fuente de los Alamos y si la salva antes de morir podemos darlo por perdido?
Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las trompas, el latir de la jauría desencadenada, y las voces de los pajes resonaron con nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y perros, se dirigió al punto que Iñigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar, señalara como el más a propósito para cortarle el paso a la res.
Pero todo fue inútil. Cuando el más ágil de los lebreles llegó a las carrascas, jadeante y cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo, rápido como una saeta, las había salvado de un solo brinco, perdiéndose entre los matorrales de una trocha que conducía a la fuente.
—¡Alto!... ¡Alto todo el mundo! —gritó Iñigo entonces—. Estaba de Dios que había de marcharse.
Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles dejaron refunfuñando la pista a la voz de los cazadores.
En aquel momento, se reunía a la comitiva el héroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el primogénito de Almenar.
—¿Qué haces? —exclamó, dirigiéndose a su montero, y en tanto, ya se pintaba el asombro en sus facciones, ya ardía la cólera en sus ojos—. ¿Qué haces, imbécil? Ves que la pieza está herida, que es la primera que cae por mi mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya a morir en el fondo del bosque. ¿Crees acaso que he venido a matar ciervos para festines de lobos?
—Señor —murmuró Iñigo entre dientes—, es imposible pasar de este punto.
—¡Imposible! ¿Y por qué?
—Porque esa trocha —prosiguió el montero— conduce a la fuente de los Alamos: la fuente de los Alamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal. El que osa enturbiar su corriente paga caro su atrevimiento. Ya la res, habrá salvado sus márgenes. ¿Cómo la salvaréis vos sin atraer sobre vuestra cabeza alguna calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un tributo. Fiera que se refugia en esta fuente misteriosa, pieza perdida.
—¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de mis padres, y primero perderé el ánima en manos de Satanás, que permitir que se me escape ese ciervo, el único que ha herido mi venablo, la primicia de mis excursiones de cazador... ¿Lo ves?... ¿Lo ves?... Aún se distingue a intervalos desde aquí; las piernas le fallan, su carrera se acorta; déjame..., déjame; suelta esa brida o te revuelvo en el polvo... ¿Quién sabe si no le daré lugar para que llegue a la fuente? Y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus habitadores. ¡Sus, Relámpago!; ¡sus, caballo mío! Si lo alcanzas, mando engarzar los diamantes de mi joyel en tu serreta de oro.
Caballo y jinete partieron como un huracán. Iñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron en la maleza; después volvió los ojos en derredor suyo; todos, como él, permanecían inmóviles y consternados.
El montero exclamó al fin:
—Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto a morir entre los pies de su caballo por detenerlo. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no sirven valentías. Hasta aquí llega el montero con su ballesta; de aquí en adelante, que pruebe a pasar el capellán con su hisopo.

II
—Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío. ¿Qué os sucede? Desde el día, que yo siempre tendré por funesto, en que llegasteis a la fuente de los Alamos, en pos de la res herida, diríase que una mala bruja os ha encanijado con sus hechizos. Ya no vais a los montes precedido de la ruidosa jauría, ni el clamor de vuestras trompas despierta sus ecos. Sólo con esas cavilaciones que os persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta para enderezaros a la espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche oscurece y volvéis pálido y fatigado al castillo, en valde busco en la bandolera los despojos de la caza. ¿Qué os ocupa tan largas horas lejos de los que más os quieren?
Mientras Iñigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su escaño de ébano con un cuchillo de monte.
Después de un largo silencio, que sólo interrumpía el chirrido de la hoja al resbalar sobre la pulimentada madera, el joven exclamó, dirigiéndose a su servidor, como si no hubiera escuchado una sola de sus palabras:
—Iñigo, tú que eres viejo, tú que conoces las guaridas del Moncayo, que has vivido en sus faldas persiguiendo a las fieras, y en tus errantes excursiones de cazador subiste más de una vez a su cumbre, dime: ¿has encontrado, por acaso, una mujer que vive entre sus rocas?
—¡Una mujer! —exclamó el montero con asombro y mirándole de hito en hito.
—Sí —dijo el joven—, es una cosa extraña lo que me sucede, muy extraña... Creí poder guardar ese secreto eternamente, pero ya no es posible; rebosa en mi corazón y asoma a mi semblante. Voy, pues, a revelártelo... Tú me ayudarás a desvanecer el misterio que envuelve a esa criatura que, al parecer, sólo para mí existe, pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede dame razón de ella.
El montero, sin despegar los labios, arrastró su banquillo hasta colocarse junto al escaño de su señor, del que no apartaba un punto los espantados ojos... Este, después de coordinar sus ideas, prosiguió así:
—Desde el día en que, a pesar de sus funestas predicciones, llegué a la fuente de los Alamos, y, atravesando sus aguas, recobré el ciervo que vuestra superstición hubiera dejado huir, se llenó mi alma del deseo de soledad.
Tú no conoces aquel sitio. Mira: la fuente brota escondida en el seno de una peña, y cae, resbalándose gota a gota, por entre las verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen al borde de su cuna. Aquellas gotas, que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un instrumento, se reúnen entre los céspedes y, susurrando, susurrando, con un ruido semejante al de las abejas que zumban en torno a las flores, se alejan por entre las arenas y forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se oponen a su camino, y se repliegan sobre sí mismas, saltan, y huyen, y corren, unas veces, con risas; otras, con suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado solo y febril sobre el peñasco a cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa, Para estancarse en una balsa profunda cuya inmóvil superficie apenas riza el viento de la tarde.
Todo allí es grande. La soledad, con sus mil rumores desconocidos, vive en aquellos lugares y embriaga el espíritu en su inefable melancolía. En las plateadas hojas de los álamos, en los huecos de las peñas, en las ondas del agua, parece que nos hablan los invisibles espíritus de la Naturaleza, que reconocen un hermano en el inmortal espíritu del hombre.
Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la ballesta y dirigirme al monte, no fue nunca para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no; iba a sentarme al borde de la fuente, a buscar en sus ondas... no sé qué, ¡una locura! El día en que saltó sobre ella mi Relámpago, creí haber visto brillar en su fondo una cosa extraña.., muy extraña..: los ojos de una mujer.
Tal vez sería un rayo de sol que serpenteó fugitivo entre su espuma; tal vez sería una de esas flores que flotan entre las algas de su seno y cuyos cálices parecen esmeraldas...; no sé; yo creí ver una mirada que se clavó en la mía, una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el de encontrar una persona con unos ojos como aquellos. En su busca fui un día y otro a aquel sitio.
Por último, una tarde... yo me creí juguete de un sueño...; pero no, es verdad; le he hablado ya muchas veces como te hablo a ti ahora...; una tarde encontré sentada en mi puesto, vestida con unas ropas que llegaban hasta las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda ponderación. Sus cabellos eran como el oro; sus pestañas brillaban como hilos de luz, y entre las pestañas volteaban inquietas unas pupilas que yo había visto..., sí, porque los ojos de aquella mujer eran los ojos que yo tenía clavados en la mente, unos ojos de un color imposible, unos ojos...
—¡Verdes! —exclamó Iñigo con un acento de profundo terror e incorporándose de un golpe en su asiento.
Fernando lo miró a su vez como asombrado de que concluyese lo que iba a decir, y le preguntó con una mezcla de ansiedad y de alegría:
—¿La conoces?
—¡Oh, no! —dijo el montero—. ¡Líbreme Dios de conocerla! Pero mis padres, al prohibirme llegar hasta estos lugares, me dijeron mil veces que el espíritu, trasgo, demonio o mujer que habita en sus aguas tiene los ojos de ese color. Yo os conjuro por lo que más améis en la tierra a no volver a la fuente de los álamos. Un día u otro os alcanzará su venganza y expiaréis, muriendo, el delito de haber encenagado sus ondas.
—¡Por lo que más amo! —murmuró el joven con una triste sonrisa.
—Sí —prosiguió el anciano—; por vuestros padres, por vuestros deudos, por las lágrimas de la que el Cielo destina para vuestra esposa, por las de un servidor, que os ha visto nacer.
—¿Sabes tú lo que más amo en el mundo? ¿Sabes tú por qué daría yo el amor de mi padre, los besos de la que me dio la vida y todo el cariño que pueden atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola mirada de esos ojos... ¡Mira cómo podré dejar yo de buscarlos!
Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lágrima que temblaba en los párpados de Iñigo se resbaló silenciosa por su mejilla, mientras exclamó con acento sombrío:
—¡Cúmplase la voluntad del Cielo!

III
—¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde habitas? Yo vengo un día y otro en tu busca, y ni veo el corcel que te trae a estos lugares ni a los servidores que conducen tu litera. Rompe de una vez el misterioso velo en que te envuelves como en una noche profunda. Yo te amo, y, noble o villana, seré tuyo, tuyo siempre.
El sol había traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban a grandes pasos por su falda; la brisa gemía entre los álamos de la fuente, y la niebla, elevándose poco a poco de la superficie del lago, comenzaba a envolver las rocas de su margen.
Sobre una de estas rocas, sobre la que parecía próxima a desplomarse en el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba, temblando, el primogénito Almenar, de rodillas a los pies de su misteriosa amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.
Ella era hermosa, hermosa y pálida como una estatua de alabastro. Y uno de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.
Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para pronunciar algunas palabras; pero exhalaron un suspiro, un suspiro débil, doliente, como el de la ligera onda que empuja una brisa al morir entre los juncos.
—¡No me respondes! —exclamó Fernando al ver burlada su esperanza—. ¿Querrás que dé crédito a lo que de ti me han dicho? ¡Oh, no!... Háblame; yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer...
—O un demonio... ¿Y si lo fuese?
El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó en un arrebato de amor:
—Si lo fueses.:, te amaría..., te amaría como te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta más allá de esta vida, si hay algo más de ella.
—Fernando —dijo la hermosa entonces con una voz semejante a una música—, yo te amo más aún que tú me amas; yo, que desciendo hasta un mortal siendo un espíritu puro. No soy una mujer como las que existen en la Tierra; soy una mujer digna de ti, que eres superior a los demás hombres. Yo vivo en el fondo de estas aguas, incorpórea como ellas, fugaz y transparente: hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente donde moro; antes lo premio con mi amor, como a un mortal superior a las supersticiones del vulgo, como a un amante capaz de comprender mi caso extraño y misterioso.
Mientras ella hablaba así, el joven absorto en la contemplación de su fantástica hermosura, atraído como por una fuerza desconocida, se aproximaba más y más al borde de la roca.
La mujer de los ojos verdes prosiguió así:
—¿Ves, ves el límpido fondo de este lago? ¿Ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?... Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales..., y yo..., yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio y que no puede ofrecerte nadie... Ven; la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino...; las ondas nos llaman con sus voces incomprensibles; el viento empieza entre los álamos sus himnos de amor; ven..., ven.
La noche comenzaba a extender sus sombras; la luna rielaba en la superficie del lago; la niebla se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren sobre el haz de las aguas infectas... Ven, ven... Estas palabras zumbaban en los oídos de Fernando como un conjuro. Ven... y la mujer misteriosa lo llamaba al borde del abismo donde estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso..., un beso...
Fernando dio un paso hacía ella..., otro..., y sintió unos brazos delgados y flexibles que se liaban a su cuello, y una sensación fría en sus labios ardorosos, un beso de nieve..., y vaciló..., y perdió pie, y cayó al agua con un rumor sordo y lúgubre.
Las aguas saltaron en chispas de luz y se cerraron sobre su cuerpo, y sus círculos de plata fueron ensanchándose, ensanchándose hasta expirar en las orillas.


lunes, 9 de enero de 2017

Cosas de la Alhambra




El suspiro del moro

Una de las historias que más se repiten por los rincones de Granada cuenta que cuando el rey Boabdil entregó las llaves de la ciudad a los reyes católicos, se fue sin mirar lo que dejaba atrás. Pero una vez que llegó a la colina sí se dio vuelta y, con los ojos puestos en Granada, suspiró y se echó a llorar. En ese momento su madre le dijo: “Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre”. Un comentario un tanto machista, pero no se podía esperar otra cosa en esa época. Se dice que el último rey de los moros era muy propenso a irse de fiesta y nunca cuidó el reinado seriamente.  De hecho, durante la sublevación de la Alhambra, Boabdil no encontró mejor manera de lidiar con los conflictos que escapándose a un reducto en la cima de una colina. De ahí que ese sitio se conozca como la Silla del Moro.




El reloj de sol

Se cree que la Alhambra puede verse como un enorme reloj de sol, donde es posible leer la hora siguiendo la ruta de las sombras que se forman, en su interior, en los distintos momentos del día.




La sala de los Abencerrajes

Se dice que en ese cuarto, que era la habitación del sultán, se asesinaron a 37 caballeros de la familia Abencerrajes  que estaban allí invitados para participar de una celebración. Todo ocurrió cuando los caballeros contaron una supuesta historia de amor entre la sultana y uno de los miembros de la familia Abencerrajes. Tal fue la ira que le provocó esto al sultán que, enloquecido por los celos, mandó a decapitar a los miembros de la familia. Se cree que el tono rojizo que se puede ver en la taza que están en la sala así como en el canal que comunica con la Fuente de los Leones son los rastros de sangre que quedaron de aquella matanza.



Leyenda sobre el nombre "Alhambra"

El nombre con el que se conoce este monumento, Alhambra, procede de una palabra musulmana cuyo significado es "Fortaleza Roja". Sin embargo, existen evidencias históricas de que la apariencia de la Alhambra era de un color blanco resplandeciente. Por tanto, ¿cuál es el motivo de se conociera como castillo rojo? La razón más aceptada por los historiadores está en su apresurada construcción. Debido a esta prisa, eran muchos los obreros que intervenían, y el color rojo provenía de sus hachas brillando al sol. Así mismo, por la noche se encendían fogatas para iluminar los trabajos de construcción, lo que también daba un aspecto rojizo para quien la observase desde la Vega de Granada.

miércoles, 4 de enero de 2017

Los Reyes Magos son verdad


Papá, ¿existen los Reyes Magos? preguntó Blanca a su padre.
El padre de Blanca se quedó mudo y miró a su mujer.
- Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad? 
- ¿Y tú qué crees, hija? 
- Yo no se, papá: que sí y que no. Por un lado me parece que sí que 
existen porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso. 
- Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos 
pero... 
- ¿Entonces es verdad? -cortó la niña con los ojos humedecidos-. ¡Me 
habéis engañado! 
- No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que 
existen -respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de 
Blanca . 
- Entonces no lo entiendo. papá. 
- Siéntate, Blanquita, y escucha esta historia que te voy a contar 
porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla -dijo el 
padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.  Cuando el Niño Jesus nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados 
por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le 
llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan 
contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, 
dijo: 
- ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a 
todos los niños del mundo y ver lo felices que serían. 
- ¡Oh, sí! -exclamó Gaspar-. Es una buena idea, pero es muy difícil de 
hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de 
niños como hay en el mundo. 
Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos 
compañeros con cara de alegría, comentó: 
- Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque 
somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder 
recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero 
sería tan bonito. 
Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían 
realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía 
escucharles muy atento, sonrió y la voz de Dios se escuchó en el 
Portal: 
- Sois muy buenos, queridos Reyes Magos, y os agradezco vuestros 
regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: 
¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños? 
- ¡Oh, Señor! -dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas. 
Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño 
que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, 
pero. no podemos tener tantos pajes., no existen tantos. 
- No os preocupéis por eso -dijo Dios-. Yo os voy a dar, no uno sino 
dos pajes para cada niño que hay en el mundo. 
- ¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible? -dijeron a la vez los 
tres Reyes Magos con cara de sorpresa y admiración. 
- Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben 
querer mucho a los niños? -preguntó Dios. 
- Sí, claro, eso es fundamental - asistieron los tres Reyes. 
- Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los 
niños? 
- Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje -respondieron cada vez 
más entusiasmados los tres. 
- Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los 
niños y los conozca mejor que sus propios padres? 
Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que 
Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír: 
- Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres 
Reyes Magos de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos 
regalos, YO, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos 
los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y 
de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También 
ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se 
haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los 
niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les 
contarán esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, 
los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, 
alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos 
todos son más felices.

Cuando el padre de Blanca hubo terminado de contar esta historia, la 
niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo: 
- Ahora sí que lo entiendo todo papá.. Y estoy muy contenta de saber 
que me queréis y que no me habéis engañado.